Rojo y blanco
Rojo y blanco —Completamente, con excepción de diez mil francos que habÃa hecho comprar por Rouillon, al que no he podido volver a encontrar…
—¡Ah, mi querido amigo!, sacrificarÃa un billete de quinientos francos e incluso uno de mil, para recuperar esas migajas y aparecer como si no hubiese hecho ningún caso de este maldito despacho telegráfico. ¿Quiere usted ir a retirar esos diez mil francos?
Era como si el ministro hubiera dicho: «¡Ve!».
«No podré enterarme de nada si ahora que está fuera de sÃ, no le arranco el meollo de la cuestión», pensó Luciano.
—En verdad, no sabrÃa adónde ir —prosiguió con el tono de un hombre que no siente deseo alguno de volver a subir a un cabriolé—, ya que el señor Rouillon come fuera de casa. Todo lo que podrÃa hacer serÃa pasar por su casa dentro de un par de horas y a continuación darme una vuelta por los alrededores de Tortoni. ¿Puede decirme Su Excelencia el por qué de este trajÃn, que me tendrá ocupado toda la tarde?