Rojo y blanco

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—No debiera dar explicaciones a nadie —respondió Su Excelencia con tono sumamente agitado—, pero hace tiempo que no abrigo duda alguna sobre su prudencia. Uno guarda para sí este asunto; y todavía —añadió con terror—, por verdadero milagro me he enterado de él, gracias a una de esas extraordinarias circunstancias fortuitas. A propósito, es preciso que mañana sea usted amable y se moleste en comprar un bonito reloj de señora…

El ministro fue hasta su mesa de despacho, de un cajón de la cual sacó dos mil francos.

—Aquí tiene usted dos mil francos; haga las cosas bien y si es necesario llegue hasta los tres mil francos. ¿Es posible encontrar con esta cantidad algo que valga la pena?

—Creo que sí.

—¡Pues bien!, ese reloj de mujer deberá ser entregado, con una cadena de oro y por persona de toda confianza, junto con un volumen de las obras de Balzac que lleve cifra impar 3, 1, 5, etc., a la señora Lavernaye, que vive en la calle Sainte-Anne, número 90. Ahora que ya lo sabe usted todo, amigo mío, todavía tengo que pedirle otro favor. No deje las cosas a medias, intente recuperar los diez mil francos y que no pueda decirse o al menos no pueda probarse, que tanto yo como ninguno de los que me rodean, ha intervenido bajo ningún concepto en el asunto referente a ese despacho telegráfico.


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