Rojo y blanco

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—Su Excelencia no debe tener ninguna inquietud en este sentido —dijo Luciano, despidiéndose con la mayor consideración posible.

No tuvo dificultad alguna para encontrar al señor Rouillon, que estaba cenando tranquilamente en su tercer piso, en compañía de su esposa y de sus hijos. Por medio de la promesa formal de abonar la diferencia que pudiera haber en la reventa, lo que se llevaría a cabo aquella misma noche en el «Café Tortoni» y que podría ascender a cincuenta o a cien francos, fue borrada toda traza de la operación, de lo cual informó al ministro por medio de una nota conteniendo cuatro palabras.

Luciano llegó a casa de su padre cuando estaban terminando de cenar. Se sentía muy contento mientras regresaba de la plaza de las Victorias, donde vivía Rouillon, hasta la calle de Londres, donde estaba situada la mansión de su padre. Lo que debiera hacer por la noche en casa de la señora Grandet, le pareció algo sumamente sencillo. Verdad es que los caracteres que tienen a la imaginación por enemiga, deben procurar actuar cuando se enfrentan con cosas penosas y no reflexionar en ellas.

«Voy a hablar ab hoc et ab hoc —se decía Luciano—, y a decir todo lo que me pase por la cabeza, bueno, malo o peor, ya que es mucho mejor parecer brillante que no tierno y se desprecia el regalo si el objeto ofrecido no es de precio».


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