Rojo y blanco
Rojo y blanco Fueron apareciendo en el salón la mayoría de los apellidos célebres en París.
«No falta aquí nadie, a excepción de los hombres inteligentes que han cometido la locura de estar en la oposición. ¿Cómo puede amarse tanto a los hombres, esta sucia materia, para pertenecer a la oposición?… Creo que en medio de tantas celebridades, mi reinado está a punto de terminar», pensó Leu wen.
En aquel momento, la señora Grandet vino desde el otro extremo del salón a hablar con él.
«Esto es una impertinencia —se dijo riendo interiormente—. ¿De dónde habrá sacado esta delicada atención? ¿Es que puede permitirse cosas como ésta? ¿Seré yo algún duque sin saberlo?».
Empezaban a abundar los diputados en el salón. Luciano observó que hablaban en voz alta y que procuraban hacer ruido. Levantaban cuanto podían sus canosas cabezas e intentaban realizar gestos enérgicos. Uno dejaba su billetera de oro sobre la mesa en la que estaba jugando, de manera que tres o cuatro personas tuvieran que volver la cabeza para verla; otro se sentaba en una silla y la hacía resbalar continuamente sobre el entarimado, sin consideración alguna para los oídos de sus vecinos.