Rojo y blanco
Rojo y blanco «Sus caras —se dijo Luciano—, tienen todo el aspecto de importancia del gran terrateniente que acaba de renovar ventajosamente un contrato de arrendamiento».
El que con tanto estrépito se movÃa en su silla, fue un instante a la sala de billar y pidió a Leuwen la Gazette de France que éste leÃa en aquel momento. Le rogó aquella pequeña atención con un tono tan rastrero, que nuestro héroe se sintió casi enternecido: todo aquello, le recordaba Nancy. Sus ojos quedaron fijos y muy abiertos, desapareciendo de su boca toda expresión de urbanidad.
Salió de su ensueño porque alguien se estaba riendo mucho a su lado. Un célebre escritor explicaba una anécdota muy divertida sobre el abate Barthélemy, autor del Viaje de Anacarsis, a la que siguió otra sobre Marmontel e inmediatamente después una tercera sobre el abate Delille.
«El fondo de toda esta alegrÃa es árido y triste. Estos personajes de Academia —pensaba Luciano—, sólo se ocupan de las ridiculeces de sus predecesores. Morirán en bancarrota con respecto a los que les sucedan: son tan tÃmidos que no cometen ni tonterÃas. Nada encuentro aquà que se parezca a la alegrÃa que reinaba en casa de la señora d’Hoquincourt cuando d’Antin empezaba a hablar».