Rojo y blanco

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Al iniciarse una cuarta anécdota, esta vez sobre las ridiculeces cometidas por Thomas, Luciano no pudo ya aguantar más y regresó al gran salón a través de una galería adornada con bustos, menos iluminada que el resto de la casa. En una puerta se encontró con la señora Grandet, que le dirigió la palabra.

«Sería un ingrato si no me acercara al grupo, aun cuando tenga ganas de hacer la señora de Staël».

No tuvo que esperar mucho tiempo. Habían presentado aquella noche a la señora Grandet un joven sabio alemán, de largos cabellos rubios partidos por una raya y horriblemente delgado. Ella le hablaba de los sabios descubrimientos realizados por los alemanes: Homero quizá no había hecho más que una recopilación de canciones, y su obra, tan famosa, no era tal vez más que fruto del azar. La señora Grandet habló muy bien sobre la escuela de Alejandría. De allí pasaron a comentar los descubrimientos de ruinas cristianas antiguas. La gente hacía corro a su alrededor, y la señora Grandet adoptó un aire de gran seriedad, los pliegues de sus labios se bajaron.

Aquel alemán que acababa de ser presentado, ¿no se ponía a atacar la celebración de la misa, dirigiéndose a una burguesía de la corte de Luis-Felipe? (Estos alemanes son los reyes de las inconveniencias).


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