Rojo y blanco
Rojo y blanco —No, señora, los franceses son también muy doctos —continuó el joven dialéctico alemán, que por lo que se veÃa, para tener el placer de poder prolongar las discusiones, habÃa aprendido formas de expresión muy amables—. Lo que sucede es que la Literatura francesa es tan hermosa, los franceses poseen tantos tesoros, que son como las personas excesivamente ricas, que ignoran lo que tienen. Toda esta verdadera historia de la misa la he sacado de un libro del padre Mabillon, no precisamente del texto —el pobre fraile no se habrÃa atrevido a ello— sino de unas notas marginales del mismo. Su misa, señora, es una invención reciente, casi dirÃa que de ayer; es como vuestro ParÃs, que en el siglo V no existÃa.
Hasta aquel momento, la señora Grandet no habÃa contestado más que con frases entrecortadas e insignificantes, a lo cual, el joven alemán, quitándose los lentes, replicaba con hechos y si se le contradecÃa, lo hacÃa con citas. Aquel monstruo poseÃa una memoria extraordinaria.
La señora Grandet sentÃase vivamente contrariada.