Rojo y blanco
Rojo y blanco «¡Cómo hubiese resplandecido en un momento como éste la hermosura e inteligencia de la señora de Staël —se decía—, en medio de un círculo tan numeroso y atento! Aquí hay por lo menos treinta personas que nos están escuchando, y ¡Dios mío!, voy a quedarme sin poder contestar y es ya demasiado tarde para mostrarse enfadada».
Mientras pasaba revista a los auditores, que después de haberse burlado de la extraña facha del alemán empezaban a admirarle, precisamente a causa de su insólita desgana y de la nueva manera de quitarse los lentes, la mirada de la señora Grandet se encontró con la de Luciano. En su terror, casi le rogó. Acababa de experimentar que sus más encantadoras miradas no surtían ningún efecto en el joven alemán, que se escuchaba al hablar y no veía nada.
Luciano vio en aquella mirada suplicante como una llamada a su valor; atravesó el círculo de oyentes y se colocó cerca del joven dialéctico alemán.
Se encontró con que aquel alemán no sentía ningún temor a las bromas o a la ironía francesas. Luciano había contado demasiado con ello, y en fin, al ignorar como había empezado la discusión, así como también el idioma en que había sido escrito el libro de Mabillon, fue derrotado.