Rojo y blanco
Rojo y blanco A la una salió de aquella casa en la cual se había hecho todo lo posible para ser atento con él. Su alma estaba disecada. El recuerdo de aquel hombre, de las anécdotas del literato, de la docta discusión y de los modales admirablemente educados, todo le causaba verdadero horror. Fue con verdadera delicia que se permitió una conversación de una hora pensando en la señora de Chasteller. Los hombres, la flor de los cuales acababa de conocer aquella noche, eran capaces de hacerle dudar de la posibilidad de existencia de seres como la señora de Chasteller. Sintió un gran placer al salir al encuentro de aquella imagen querida, que tenía todos los encantos de la novedad que constituye quizá la única cosa que falta en un recuerdo de amor.
Los escritores, los sabios y diputados que acababa de ver, no tenían el menor reparo en presentarse en el salón horriblemente malintencionado de la señora Leuwen: pero en él sufrían todo género de bromas y dejaban de volver. Allí todo el mundo se burlaba de los demás, y tanto peor para los estúpidos e hipócritas si no tenían bastante inteligencia para hallarse bien en él. Los títulos de duque, de par de Francia o de coronel de la Guardia Nacional, como lo había tenido que sufrir el señor Grandet, no colocaban a nadie al abrigo de la más alegre ironía.