Rojo y blanco
Rojo y blanco —Procure salir tan bien de este asunto como del de Kortis —dijo a su secretario, al que a toda costa querÃa acompañar hasta la plaza de la Madeleine—, y diré al rey que la Administración no tiene otro empleado que pueda compararse a usted. ¡Y todavÃa no tiene cumplidos los veinticinco años! Puede aspirar a cualquier cosa. Para ello sólo veo dos obstáculos: ¿tendrÃa usted el valor necesario para dirigir la palabra a cuatrocientos diputados, de los cuales trescientos son imbéciles? Y sobre todo, téngase usted por dicho y hágaselo saber a los prefectos: no recurra a esos sentimientos, pretendidamente generosos que conducen a la insubordinación del pueblo.
—¡Ay! —exclamó Luciano con dolor.
—Que esto es muy poco halagador.
—¿Qué le pasa?
—Recuerde usted que su Napoleón tampoco los querÃa, incluso en 1814, cuando el enemigo ya habÃa cruzado el Rhin.
—¿PodrÃa llevarme conmigo a Coffe, que posee sangre frÃa para dos?
—¡Pero yo me quedaré solo!
—¡Sólo con cuatrocientos funcionarios! Puede usted disponer de Desbacs.