Rojo y blanco

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—Es un pillastre excesivamente maleable, que traicionará a más de un ministro antes de ser consejero de Estado. Yo intento no ser uno de tales ministros y por ello recabo su colaboración a pesar de sus asperezas. Desbacs es exactamente lo contrario de usted… No obstante, llévese a quien quiera, incluso a Coffe. ¡Pero nada de Mairobert, a ningún precio, cueste lo que cueste! Le espero a usted antes de la una y media. ¡Felices tiempos los de la juventud por su actividad!

Leuwen subió a las habitaciones de su madre. Ésta le prestó la calesa de viaje de la casa de Banca, que estaba siempre preparada, y a las tres de la madrugada estaba ya en ruta hacia el departamento del Cher.

La calesa iba llena de panfletos electorales. Los había por todas partes, incluso arriba, en el imperial; apenas quedaba sitio para Leuwen y Coffe. Llegaron a Blois a las seis de la tarde y se detuvieron a cenar. De repente, oyeron gran alboroto delante de la posada.

—Debes abroncar a alguno —dijo Leuwen a Coffe.

—Que el diablo lo lleve —contestó éste fríamente.

Entró un hombre completamente pálido. Era el dueño de la posada.

—Señores, escápense ustedes. Quieren asaltar su coche.

—Y ello, ¿por qué? —preguntó Leuwen.

—¡Ah, eso ustedes lo saben mejor que yo!


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