Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Cómo! —exclamó Leuwen furioso.
Y salió rápidamente del salón, que estaba en la planta baja. Fue acogido con un griterío ensordecedor:
—¡Abajo el espía! ¡Abajo el comisario de Policía!
Colorado como un pavo, decidió no contestar a aquellos denuestos e intentó acercarse al coche. La multitud se apartó un poco. Cuando abría la portezuela, un enorme puñado de barro dio contra su cara y de ésta se deslizó sobre su corbata. Como quiera que en aquel momento estaba hablando con Coffe, el barro le entró en la boca.
Un obrero alto y con patillas rojas, que se hallaba fumando tranquilamente en el balcón de un primer piso y que dominaba la escena, gritó dirigiéndose a la gente:
—¡Mirad lo sucio que está; le habéis puesto el alma en su cara!
Aquella frase fue seguida de un corto silencio y, acto seguido, por una risotada general que se prolongó a lo largo de toda la calle con estrépito ensordecedor que duró sus buenos cinco minutos.