Rojo y blanco

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Cuando Leuwen se volvió rápidamente hada el balcón y levantó los ojos para intentar averiguar, entre tantas caras que reían con aire afectado, la del insolente que había hablado de él, llegaron dos gendarme al galope. El balcón quedó instantáneamente vacío y la multitud se dispersó rápidamente por las calles laterales. Leuwen, ebrio de indignación, quiso entrar en la casa para buscar al hombre que le había insultado, pero se hallaban todas las puertas atrancadas, y fue en vano que nuestro héroe diese en ellas puñetazos y patadas. Durante aquellos intentos de derribar las puertas, tenía detrás suyo al brigada de la gendarmería.

—Huyan rápidamente, señores —aconsejó aquel funcionario con tono grosero, riendo él también del estado en que había quedado, a causa del barro, el chaleco y la corbata de Leuwen—. Sólo dispongo de tres hombres y los otros pueden regresar con piedras.

Enganchaban los caballos a toda prisa. Leuwen parecía enajenado a fuerza de indignación y hablaba con Coffe que no le contestaba e intentaba, con la ayuda de un gran cuchillo de cocina, quitarse el barro fétido del cual estaban cubiertas las mangas de su traje.

—Es absolutamente necesario que encuentre al hombre que me ha insultado —repetía Leuwen por quinta o sexta vez.


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