Rojo y blanco

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—En el trabajo que estamos realizando, tanto tú como yo —respondió finalmente Coffe con gran tranquilidad—, lo que debemos hacer es sacudimos las orejas y seguir adelante.

En aquel momento llegó el dueño de la posada, que había salido de ella por una puerta trasera, y se negó a contestar a Leuwen, al pedirle éste el nombre del hombre que le había insultado.

—Págueme usted el gasto, señor; será lo mejor. Son cuarenta y cinco francos.

—¡Se está usted burlando de mí! ¿Una cena para dos, cuarenta y cinco francos?

—Les aconsejo que desaparezcan lo más rápidamente posible —dijo el brigada—. Son capaces de regresar con tomates y huevos podridos.

Leuwen se dio cuenta de que el dueño de la posada agradecía al brigada la sugerencia con una mirada.

—Pero ¿cómo tiene usted el atrevimiento de…? —dijo Luciano.

—Señor, vayamos a ver al juez de paz si es que se cree usted lesionado —contestó el dueño de la posada con la seguridad insolente de un hombre de su condición—. Todos los viajeros que se hospedan en mi posada están aterrorizados. Un inglés que tiene alquilada la mitad del primer piso para él y su esposa, me ha dicho que yo recibía en mi establecimiento a…

El dueño de la fonda se detuvo.


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