Rojo y blanco
Rojo y blanco —¿A quiénes? —le interrumpió Leuwen pálido de cólera y dirigiéndose al coche para coger su sable.
—En fin, caballeros, ya me comprenden ustedes —añadió el posadero—. El inglés me ha amenazado con irse
Tiró cuarenta y cinco francos al posadero y partieron.
—Le esperaré a la salida de la población —dijo al brigada—; le ordeno que venga a reunirse allà con nosotros.
—¡Ah!, ya comprendo —respondió el brigada sonriendo con desprecio—'; el señor comisario tiene miedo.
—Le ordeno que tome usted otra calle distinta a la nuestra y que me espere al otro lado de la puerta de la ciudad. Y —añadió dirigiéndose al postillón— tú, atraviesa por entre la multitud, al paso.