Rojo y blanco
Rojo y blanco Por el final de la calle empezaba a aparecer gente y el postillón puso los caballos al galope a pesar de la indicación de Leuwen. El barro y los tomates volaban alrededor de la calesa y algunos cayeron dentro de ella. A pesar del griterÃo espantoso, aquellos caballeros tuvieron la satisfacción de escuchar los más soeces insultos dirigidos a sus personas. Al acercarse a la puerta de la ciudad se vieron obligados a poner los caballos al trote a causa de un puente muy estrecho. En la misma puerta habÃa dos o tres vocingleros.
—¡Al agua!, ¡al agua! —gritaban.
—¡Ah!, es el teniente Leuwen —dijo un hombre que llevaba un capote verde medio destrozado, un lancero licenciado según podÃa creerse.
—¡Al agua Leuwen! ¡Al agua Leuwen! —gritaron instantáneamente.
Vociferaban a dos pasos de la calesa, bajo la misma puerta de la ciudad, y los gritos redoblaron aún cuando estuvo a seis pasos fuera de ella. Doscientos pasos más adelante todo estaba en calma. El brigada no se hizo esperar.
—Les felicito, señores —dijo a los viajeros—; han escapado ustedes de una y buena.
Su aspecto burlón acabó por poner a Leuwen fuera de sÃ. Le ordenó que leyera su pasaporte y seguidamente le dijo:
—¿Cuál puede ser la causa de todo esto?