Rojo y blanco

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—Vaya, señor; usted debe saberlo mejor que yo. Es usted el comisario de policía que viene por el asunto de las elecciones. Los papeles impresos que llevan en el imperial de su calesa, han caído cuando entraban en la ciudad, frente al «Café Ramblin», que es el del National. Los han leído, les han reconocido a ustedes y a fe mía que ha sido una verdadera suerte que no hayan venido con piedras.

Coffe subió tranquilamente al asiento delantero de la calesa.

—En efecto, aquí no hay nada —dijo a Leuwen mirando el imperial.

—¿El paquete perdido era para el departamento del Cher o para el señor Mairobert?

—Contra el señor Mairobert —contestó Coffe—; era el panfleto de Torpet.

La cara del gendarme, durante aquel corto diálogo, dejó desolado a Leuwen. Le dio veinte francos y le despidió. El brigada dio mil veces las gracias.

—Caballeros —dijo—, las gentes de Blois tienen la cabeza ardiente y las personas como ustedes no cruzan generalmente la ciudad más que de noche.

—¡Quítese de mi vista! —le dijo Leuwen—. Y tú —gritó dirigiéndose al postillón—, pon los caballos al galope.


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