Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Eh!, no tengan ustedes tanto miedo —contestó éste bromeando—; no hay nadie por la vecindad ni en la carretera.
Al cabo de cinco minutos de galope, Leuwen dijo, dirigiéndose a su compañero:
—Y bien, Coffe, ¿qué te parece?
—Qué quieres que me parezca —respondió Coffe frÃamente—, el ministro te ofrece su brazo al salir de la Ópera, los funcionarios del ministerio, los prefectos con permiso, los diputados poseedores de despachos de tabaco, todos envidian tu suerte. Esto es la contrapartida. Es muy sencillo.
—Tu tranquilidad me harÃa volver loco —dijo Leuwen, aún ebrio de cólera—. ¡Todas estas indignidades, esa frase atroz: «Su alma está en su cara», este barro!
—Este barro es para nosotros el noble polvo del campo del honor. Ese griterÃo del público son las aclamaciones que escucharás en la carrera que has abrazado, y en la cual mi pobreza y mi agradecimiento te siguen.
—¿Es decir, que si tuvieras mil doscientos francos de renta no estarÃas aquÃ?
—Si únicamente tuviera trescientos francos de renta, no servirÃa a un ministro que tiene encerrados a varios miles, de pobres diablos en las espantosas mazmorras del Mont-Saint-Michel o de Clairvaux.