Rojo y blanco

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Un profundo silencio siguió a aquella respuesta demasiado sincera, y dicho silencio duró todo el transcurso de tres leguas. A seiscientos pasos de un pueblo del cual podía distinguirse el puntiagudo campanario de su iglesia levantarse por detrás de una colina desnuda y sin árboles, Leuwen hizo detener al coche.

—Hay veinticinco francos para ti —dijo al postillón—, si no dices nada sobre el alboroto.

—¡En buena hora! Veinticinco francos son muy buenos de coger. Se lo prometo. Pero, señor, su cara tan pálida por la rabieta que acaba de sufrir, su linda calesa inglesa cubierta de barro, todo esto dará que hablar; se harán comentarios, y no habré sido yo el que haya hablado.

—Si te preguntan algo contéstales que hemos volcado, y a los de la posta puedes prometerles veinte francos si enganchan los caballos en menos de tres minutos. Diles que somos unos comerciantes que huimos de la bancarrota.

—¡Y qué tenemos que ir escondiéndonos! —añadió Leuwen dirigiéndose a Coffe.

—¿Te gustaría ser reconocido? —preguntó éste.

—Desearía hallarme a cien pies bajo tierra o tener tu impasibilidad.


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