Rojo y blanco
Rojo y blanco Mientras cambiaban los caballos, Leuwen no abrió la boca; estaba inmóvil en el fondo de su calesa, con la mano en las culatas de sus revólveres, muriéndose, aparentemente de ira y vergüenza.
Cuando estuvieron a quinientos pasos de la casa de postas, dijo volviéndose, con lágrimas en los ojos, hacia su taciturno compañero:
—¿Qué me aconsejas que haga, Coffe? Tengo deseos de presentar inmediatamente mi dimisión y dejarte a ti encargado de la misión, y si esto no te complace, recomendar que manden a Desbacs. Yo esperarÃa ocho dÃas y volverÃa a buscar al insolente.
—Te aconsejo —respondió frÃamente Coffe—, que hagas lavar tu calesa en la primera casa de postas que encontremos, para continuar como si nada hubiera ocurrido, y que no digas nada a nadie sobre la aventura que acaba de sucedemos, ya que todo el mundo se reirÃa de nosotros.
—¡Vaya! ¿Pretendes que me pase toda la vida soportando la idea de que he sido insultado impunemente? —dijo Leuwen.
—Si tienes la piel tan fina para el desprecio, ¿por qué has salido de ParÃs?
—¡Qué cuarto de hora hemos pasado a la puerta de aquella posada! Su recuerdo será como un hierro candente que me quemará toda la vida.