Rojo y blanco

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—Lo más chocante del caso —dijo Coffe—, es que no hemos corrido el menor peligro y tuvimos tiempo suficiente para degustar el desprecio. La calle estaba llena de barro, pero perfectamente pavimentada y no había ni una sola piedra disponible. Es la primera vez que he notado que me despreciaban. Cuando estaba detenido en Saint-Pélagie, únicamente tres o cuatro personas se hallaban enteradas de ello, porque me vieron subir al fiacre, con un poco de ayuda, y una de ellas comentó con tanta lástima como bondad: ¡Pobre diablo!

Leuwen no contestó. Coffe continuó pensando en voz alta con toda franqueza.

—En lo que nos acaba de suceder, había únicamente menosprecio. Esto me hace pensar en la célebre frase: se tiene uno que tragar el menosprecio, pero no puede masticarse.

Aquella serenidad volvía loco a Leuwen; si no le hubiera contenido el recuerdo de su madre, habría desertado sobre la marcha, echando a correr a lo largo de la carretera, hacia Rochefort, y de allí le hubiese sido fácil embarcar para América bajo nombre supuesto.

—Al cabo de dos años —pensaba—, podría regresar a Blois y dar de bofetadas al joven más distinguido de la ciudad.

Aquella idea le dominaba demasiado; tenía necesidad de hablar.


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