Rojo y blanco
Rojo y blanco —Amigo mÃo —dijo a Coffe—, espero que no te reirás con nadie de mis angustias.
—Tú me has sacado de Saint-Pélagie donde hubiera debido pasar cinco años; y hace ya varios años que nos conocemos.
—¡Pues bien!, mi corazón es débil, tengo necesidad de conversar y hablaré si me prometes discreción eterna.
—Te lo prometo.
Leuwen le explicó su proyecto de deserción, terminando por derramar cálidas lágrimas.
—He encaminado mal mi vida —repitió varias veces—; me hallo en un callejón sin salida.
—Tal vez sea asÃ, pero por mucha razón que tengas, no puedes desertar en plena batalla como los sajones en la de Leipzig; esto no serÃa nada bonito y después sentirÃas remordimiento o por lo menos asà lo creo. Procura olvidar y sobre todo no digas ni una palabra de esto al señor de Riquebourg, el prefecto de Champagnier.