Rojo y blanco

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—¡Caramba, señor consejero! ¿Cómo quiere usted que escriba tales cosas? El señor conde d’Allevard, par de Francia, se entrevista todos los días con su ministro, como usted bien sabe. Sus cartas a su apoderado, el notario señor Ruflé, están llenas de cosas que ha oído decir la víspera o la antevíspera a Su Excelencia el señor conde de Vaize, cuando tiene el honor de cenar con él. A lo que parece, tales cenas son frecuentes. Cosas así no pueden escribirse, señor. Soy padre de familia, mañana tendré el honor de presentarle a mi esposa y a mis cuatro hijas. Hay que pensar en ellas. Mi hijo es sargento en el 86.º desde hace dos años y quiero que ascienda a subteniente; debo confesarle francamente, bajo secreto de confesión, que una sola palabra del señor d’Avellard puede perderme; y este señor d’Avellard, que está deseando modificar el trazado de un camino público que debería pasar a través del parque de su castillo, protege a todo el distrito de Meylan. Para mí, el simple castigo de tener que cambiar de prefectura sería una ruina; tres matrimonios que mi esposa tiene proyectados para nuestras hijas dejarían de ser posibles. Y mi mobiliario es inmenso. Solamente hacia las dos de la madrugada, por medio de apremiantes preguntas y a veces también gracias a frases algo más que apremiantes formuladas por el inflexible Coffe, el señor prefecto se vio obligado a dar a conocer una gran maniobra a la cual se refería veladamente sin cesar.


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