Rojo y blanco

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—¡Vamos, señor consejero! —dijo el señor de Riquebourg con un aire todavía más benévolo que de costumbre—. ¿Puedo yo impedir que los chismosos de la ciudad, que todo lo exageran, lleguen a considerar que la mala situación económica de los corresponsales de Malot en Nantes, arrastrará a éste a tener que suspender pagos? En otro caso, ¿con qué podría él pagar aquí —añadió el prefecto elevando el tono de la voz—, si no es con el dinero que obtiene en Nantes por la madera que ha enviado?

Coffe se sonreía y pasaba todas las penas del mundo para no estallar.

—Una vez abierta esta brecha en el crédito y reputación del señor Malot, ¿no podría, alarmando a las personas que tengan o puedan tener dinero empleado en su negocio, conducirle a una verdadera suspensión de pagos?

—Entonces, ¡tanto mejor!, ¡pardiez! —exclamó el prefecto olvidándose de todo—. No tendría que volverle a abrazar en el momento de la reelección de jefes de la Guardia Nacional, si es que algún día tiene lugar.

Coffe se hallaba en la gloria.

—Tantos éxitos, señor, podrían quizás alarmar una susceptibilidad…


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