Rojo y blanco

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Y como el señor de Roquebourg no tenía cuidado en elevar la voz y en vigilarla, ésta había adquirido repentinamente un aire agrio y burlón, mezcla de reproche y de amenaza.

«Tono propio de un prefecto —pensó Leuwen—; ya no puede controlar su voz. Las tres cuartas partes de las groserías que comete y dice el señor de Vaize, provienen del hecho de haber tenido que estar hablando solo, durante diez años consecutivos, en medio de un salón de su prefectura».

—El señor de Roquebourg es, efectivamente, un perfecto conocedor de la caligrafía —dijo Coffe, que no tenía ya ganas de dormir y que de vez en cuando se bebía un gran vaso de vino de Saumur—. Nada se parece tanto a la caligrafía de Su Excelencia como la de Cromier, especialmente cuando intenta imitarla.

El prefecto puso varias objeciones; se sentía humillado, ya que la pieza de resistencia de su vanidad, lo mismo que sus esperanzas de progresar en la política, residía en las cartas que recibía de propia mano del ministro. Finalmente fue convencido por Coffe, que no tenía piedad para con aquel honorable anfitrión desde que pensaba en la posible quiebra del señor Malot, el traficante en madera. El prefecto quedó petrificado, sosteniendo la carta del ministro en la mano.


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