Rojo y blanco

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—Acaban de dar las cuatro —dijo al fin Coffe—. Si prolongamos la reunión, nos será imposible levantarnos a las nueve como desea el señor prefecto.

El señor de Roquebourg tomó la palabra desea como un reproche.

—Caballeros —dijo a su vez, levantándose y saludando hasta tocar el suelo—, haré convocar para las nueve y media las personas a las cuales ruego se sirvan admitir en la primera audiencia. Y yo, personalmente, entraré en sus habitaciones al dar las diez. Hasta tanto no me vean, pueden ustedes dormir a pierna suelta.

A pesar de la oposición de aquellos caballeros, el señor de Roquebourg quiso enseñar personalmente las dos habitaciones que les había reservado y que se comunicaban entre sí por medio de una salita. Llevó sus atenciones hasta el extremo de mirar debajo de las camas.

—En el fondo, este hombre no tiene nada de tonto —dijo Coffe a Leuwen en cuanto el prefecto les hubo dejado solos—: ¡mira!

Y le señalaba una mesa, sobre la cual había dispuestas, con limpieza y convenientemente, dos fuentes conteniendo pollo frío y liebre asada, vino y frutas. Se pusieron a tomar un tentempié con muy buen apetito.

Los dos viajeros se separaron a las cinco de la madrugada.

«Leuwen ya no tiene aspecto de pensar en el asunto de Blois», se dijo Coffe.


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