Rojo y blanco
Rojo y blanco En efecto, Leuwen, como corresponde a un perfecto funcionario, estaba pensando en la elección del señor Blondeau, y antes de meterse en la cama releyó el estado de cuentas de los votos, que se había hecho entregar por el prefecto Roquebourg.
Cuando daban las diez, entró éste en la habitación de Leuwen, seguido por la fiel Marion, que llevaba una bandeja con el café con leche, y era seguida, a su vez, por un pequeño pinche que sostenía otra bandeja con té, mantequilla y una caldereta.
—El agua está caliente —dijo el prefecto—. Santiago va a encender el fuego. No se apresuren. Tomen té o café, lo que deseen. A las once les prepararán un desayuno de tenedor y a las seis la cena, a la cual asistirán cuarenta personas. Su llegada ha causado el mejor efecto. El general es susceptible como un lobo, y el obispo es hombre furibundo y fanático. Si lo creen conveniente, mi coche estará preparado a las once y media, y podrán ustedes conceder diez minutos a cada uno de estos funcionarios. No es necesario que se den prisa: las catorce personas a las que he reunido para la primera audiencia, no están esperando más que desde las nueve y media…
—Estoy desolado —respondió Leuwen.
—¡Bah!, ¡bah! —añadió el prefecto—. Se trata de personas que nos son adictas, gentes que comen del presupuesto. Han nacido para esperar.