Rojo y blanco
Rojo y blanco En menos de tres cuartos de hora, merced al buen andar de su montura, Luciano había dado la vuelta completa a Nancy, triste aglomeración de casuchas, erizada de fortificaciones. Por mucho que buscó, no encontró otra cosa que una plaza alargada, cortada en sus extremos por zanjas que contenían todos los desperdicios de la ciudad, y que constituía el lugar de paseo de la misma. A su alrededor vegetaban miserablemente un millar de pequeños tilos canijos, cuidadosamente cortados en forma de abanico.
—¿Podría alguien imaginarse algo más deprimente que esta ciudad? —se repetía nuestro protagonista a cada nuevo descubrimiento; y su corazón se compungía.
Había algo de ingratitud en aquel sentimiento de disgusto tan profundo; ya que, en el transcurso de todas aquellas idas y venidas por los terraplenes de las fortificaciones y por las calles, había sido observado por la señora de Hoquincourt, por la señora de Puylaurens, e incluso por la señorita Berchu, la reina de las bellezas burguesas. Esta última había comentado:
—He ahí un caballero muy apuesto.