Rojo y blanco

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CAPÍTULO L

Aquellos señores hicieron seis leguas de más para poder visitar las ruinas de la célebre abadía de N… Las encontraron admirables y no pudieron, como buenos alumnos de la Escuela Politécnica, resistir la tentación de medir algunas partes.

Tal entretenimiento relajó a los viajeros. Lo vulgar y grosero, que se había ido infiltrando en sus cerebros, desapareció con las discusiones sobre lo adecuado del arte gótico para la religión, que promete el infierno a cincuenta y un niños de cada cien que nacen, etc., etc.

—Nada hay tan estúpido como tu iglesia de la Madeleine, de la cual se muestran tan orgullosos los periódicos. Un templo griego, que respira felicidad y alegría, albergando los terribles misterios de la religión, ¡cosas espantosas! El propio San Pedro de Roma, no es más que un brillante absurdo; pero en el año 1500, cuando Rafael y Miguel Ángel trabajaban en San Pedro, entonces no tenía nada de absurdo: la religión de León X era alegre; aquel Papa hacía colocar, por mano de Rafael, en los ornamentos de su galería favorita, los amores del cisne y Leda repetidos veinte veces. San Pedro se ha vuelto absurdo después del jansenismo de Pascal, que se reprochaba el querer a su hermana, y de las bromas de Voltaire, que han hecho estrecharse del modo que vemos en la actualidad los convencionalismos religiosos.


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