Rojo y blanco
Rojo y blanco —Fue un error alojarse en la prefectura.
—Sin duda, pero ese error nace de la seriedad con que trabajas y del ardor que pones en conseguir un resultado favorable.
Mientras se iban acercando a Caen, los viajeros pudieron observar que a lo largo de la carretera habÃa muchos gendarmes y que algunos burgueses marchaban muy tiesos, llevando en la mano gruesos bastones.
—Si no me equivoco, éstos son los que apalearon a los bolsistas —dijo Coffe.
—Pero ¿es que realmente hubo garrotazos en la Bolsa? ¿No se trata de una invención de la Tribune?
—Por lo que a mà se refiere, puedo decirte que recibà cinco o seis bastonazos, y la cosa hubiera terminado mal si no llego a encontrar un cartabón, con el cual hice ver que yo también daba palos. Su digno jefe, el señor de N…, se hallaba allÃ, a diez pasos, en una ventana del entresuelo y gritaba: «¡Ese hombre calvo es un agitador!». Al fin pude escapar por la calle de las Columnas.
Al llegar a la puerta de Caen, examinaron durante diez minutos los pasaportes de los dos viajeros, y como fuera que Leuwen empezaba a impacientarse, un hombre de cierta edad, alto y fuerte, que blandÃa un enorme bastón, y que se estaba paseando por debajo de la puerta, le mandó con palabras muy claras a hacer…