Rojo y blanco
Rojo y blanco —Caballero, me llamo Leuwen, soy funcionario público y le considero a usted un verdadero grosero. Deme usted su nombre, si es que se atreve a ello.
—Me llamo bobalicón —contestó aquel hombre blandiendo el bastón, mientras daba una vuelta alrededor del coche—. Puede decirle cómo me llamo al procurador del rey, señor bravucón. Si alguna vez nos encontrásemos en Suiza —añadió en voz baja—, llevarÃa usted sobre la cara tantas bofetadas y marcas de desprecio como pueda desear para conseguir el favor de sus jefes.
—¡No menciones siquiera la palabra honor, espÃa disfrazado!
—A fe mÃa —dijo Coffe casi riendo—, que estarÃa encantado de verte sacudido como lo fui yo hace tiempo en la plaza de la Bolsa.
—Pero en lugar de cartabón, yo tengo dos pistolas.
—Tú puedes matar impunemente a ese gendarme disfrazado. Tiene orden de no enfadarse demasiado, y quizás en Montmirail o en Waterloo se portó como un valiente soldado. Hoy pertenecemos al mismo regimiento —añadió Coffe con amarga sonrisa—; no nos enfademos con él.
—Eres cruel —replicó Leuwen.
—Cuando se me pregunta contesto la verdad, hay que tomarlo asà o dejarlo.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Leuwen.