Rojo y blanco

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La calesa obtuvo permiso para entrar en la ciudad. Al llegar a la posada, Leuwen cogió la mano de Coffe.

—Soy un niño —dijo.

—No, nada de eso. Lo que eres es un hombre feliz del siglo, como dicen los predicadores, nunca te has visto precisado a realizar algo desagradable.

El dueño de la posada, mientras les recibía, se mostró muy misterioso: tenía habitaciones disponibles y no las tenía.

El hecho fue que el posadero advirtió a la prefectura la presencia de aquellos dos viajeros. Los posaderos, que temían las vejaciones de los gendarmes y de los agentes de policía, habían recibido la orden de no tener habitaciones disponibles para los partidarios del señor Mairobert.

El prefecto, señor Boucaut, dio autorización para que los señores Leuwen y Coffe pudieran disponer de una habitación cada uno. Una vez en ella, un caballero muy joven y bien vestido, pero evidentemente armado con pistolas, fue a entregar a Leuwen, sin más explicaciones, dos ejemplares de un pequeño panfleto en 18.º, con cubiertas de papel rojo y muy mal impreso. Era una colección de todos los artículos ultraliberales que el señor Boucaut de Séranville había publicado en el National, el Globe, el Courier, y en otros periódicos liberales de 1829.


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