Rojo y blanco

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«Existe algo de la manera de obrar de los diplomáticos en esta matizada diferencia —se dijo Leuwen—. Es menos burgués que Roquebourg, pero ¿se saldrá del asunto tan bien como aquél? ¿No será que toda la atención que presta a la figura que hace en su salón, le va a hacer olvidar su oficio de prefecto y el de director de elecciones? Esa cabeza tan estrecha, esa frente tan reducida, ¿contendrán bastante cerebro para albergar a la vez su fatuidad y algo de capacidad para desempeñar su oficio? Lo dudo mucho. Videbimus infra».

Leuwen llegó a la conclusión de que con aquel pequeño prefecto egoísta tendría que ir con mucho Cuidado, si quería que prestase bastante atención a realizar las bribonadas necesarias cuyo cometido había aceptado. Aquél fue el primer placer que le proporcionó su misión, la primera compensación al espantoso dolor causado por el barro de Blois.

Coffe iba escribiendo, mientras el prefecto, inmóvil y con las piernas juntas, colocado frente a Leuwen, decía:

El prefecto no añadió ningún detalle sobre las cantidades anotadas y Leuwen no consideró conveniente solicitárselos.


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