Rojo y blanco

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El señor de Séranville se excusó por no poderles alojar en la prefectura a causa de que estaba realizando obras en ella, lo que le impedía disponer para ellos de las mejores habitaciones. Invitó a comer a aquellos señores el día siguiente.

Los tres se despidieron con una frialdad que ya no podía ser mayor sin que fuera demasiado patente.

Apenas se encontraron en la calle:

—Éste es mucho menos fastidioso que Riquebourg —dijo alegremente Leuwen a Coffe, ya que la conciencia de haber desempeñado perfectamente su papel, colocaba por primera vez en segundo plano la afrenta de Blois.

—Y tú te has mostrado infinitamente más hombre de Estado, es decir, insignificante, y diciendo lugares comunes, elegantes y vacíos.

—También sabemos mucho menos de las elecciones de Caen después de esta larga conferencia de una hora, que de las del señor Roquebourg al cabo de quince minutos, en cuanto le hiciste salir de sus malditas generalidades con tus incisivas preguntas.

»El señor de Séranville no admite ninguna comparación con aquel buen burgués de Roquebourg, que discutía las cuentas con la cocinera. Éste es bastante más cómodo, en ningún modo ridículo, mucho más confitado en la desconfianza y la malicia, como diría mi padre. Pero apostaría cualquier cosa a que no sale de la situación tan bien como el señor de Roquebourg.


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