Rojo y blanco

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—Es un animal que tiene mucha más fachada que Roquebourg —dijo Coffe—, pero es muy posible que al ponerle a prueba, resulte que vale mucho menos de lo que aparenta.

—He observado en su cara, sobre todo cuando habla del señor de Mairobert, toda la acritud que caracteriza los artículos literarios de su panfleto de cubiertas rojas.

—¿Será un fanático en potencia, que siente necesidad de obrar, de tomar parte en un complot, de hacer sentir la fuerza de su poder a los hombres? De ser así, ya habría puesto esta necesidad de ponzoña al servicio de su ambición, como en otro tiempo la empleó en la crítica de las obras literarias de sus rivales.

—Tiene mucho del sofista que gusta de hablar y ergotizar, por el hecho de que se imagina pensar sólidamente. Este hombre sería importante en un comité de la Cámara de diputados, para los notarios rurales sería como una especie de Mirabeau.

AI abandonar el edificio de la prefectura, tuvieron conocimiento de que el correo de París no salía hasta última hora de la tarde, por lo que se dedicaron a recorrer la ciudad alegremente. No había duda de que algo desacostumbrado hacía apresurar el paso, de ordinario tan lento, de los burgueses de provincias.

—Estas gentes no tienen el aspecto apático que es normal en ellos —comentó Leuwen.


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