Rojo y negro
Rojo y negro —Me contrarÃa mucho verlo tan agitado —contestó el señor de Rênal, un tanto balbuciente. Los criados estaban a diez pasos, ocupados en el arreglo de las camas.
—No es eso lo que necesito, señor —siguió diciendo Julien fuera de s×; piense en la infamia de las palabras que me ha dicho, ¡y encima en presencia de mujeres!
El señor de Rênal sabÃa de sobra qué pedÃa Julien y una lucha penosa le desgarraba el alma. Sucedió entonces que Julien, loco de rabia efectivamente, exclamó:
—Sé dónde ir, señor, cuando salga de su casa.
Al oÃr esta frase, el señor de Rênal vio a Julien acomodado en casa del señor Valenod.
—Bien está, caballero —le dijo por fin dando un suspiro y con la expresión con que habrÃa llamado al cirujano para la más dolorosa de las operaciones—, accedo a su petición. A partir de pasado mañana, que es primero de mes, le pagaré cincuenta francos.
A Julien le entraron ganas de echarse a reÃr y se quedó estupefacto; le habÃa desaparecido todo el enfado.
«No despreciaba bastante al zoquete este —se dijo—. Esta es sin duda la disculpa mayor que pueda dar un alma tan baja.»