Rojo y negro

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Los niños, que estaban atendiendo a la escena con la boca abierta, fueron corriendo al jardín a decirle a su madre que el señor Julien estaba muy enfadado, pero que iba a cobrar cincuenta francos al mes.

Julien se fue detrás de ellos por costumbre, sin mirar siquiera al señor de Rênal, a quien dejó irritadísimo.

«Ciento setenta y ocho francos que me cuesta el señor Valenod —se decía al alcalde—. No me queda más remedio que decirle dos palabras bien dichas acerca de su empresa de suministros para los niños expósitos.»

Un momento después Julien volvió a encontrarse cara a cara con el señor de Rênal:

—Tengo que hablar de mi conciencia con el padre Chélan; tengo el honor de avisarlo de que voy a estar ausente unas cuantas horas.

—Pues ¡claro, mi querido Julien! —dijo el señor de Rênal, riéndose con una expresión de lo más falsa—. Y todo el día si quiere, y todo el de mañana, amigo mío. Coja el caballo del jardinero para ir a Verrières.

«Allá va —se dijo el señor de Rênal—, a darle una respuesta a Valenod; no me ha prometido nada, pero hay que dejar que se enfríe esta cabeza de muchacho.»


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