Rojo y negro
Rojo y negro Julien se escabulló a toda prisa y subió hasta los extensos bosques por los que se puede ir de Vergy a Verrières. No quería llegar pronto a casa del padre Chélan. Lejos de querer imponerse una representación de hipocresía, necesitaba ver con claridad lo que tenía en el alma y dar audiencia a la gran cantidad de sentimientos que le bullían por dentro.
«He ganado una batalla —se dijo no bien se vio en los bosques y lejos de la mirada de los hombres—. ¡Así que he ganado una batalla!»
Esta frase le brindaba un aspecto halagüeño de su posición y le devolvió cierta paz al alma.
«Resulta que ahora gano cincuenta francos al mes. ¡Menudo miedo ha debido de pasar el señor de Rênal! Pero ¿de qué?»
Meditar sobre qué podía haber asustado a ese hombre feliz y poderoso contra quien, una hora antes, hervía de ira, acabó de serenarle al alma a Julien. Fue casi sensible por un momento a la belleza arrebatadora de los bosques por los que iba caminando. Trozos gigantescos de rocas peladas habían caído antaño en pleno bosque, del lado de la montaña. Grandes hayas alcanzaban casi la altura de esas rocas cuya sombra proporcionaba un frescor delicioso a tres pasos de los lugares donde, por el calor de los rayos del sol, habría sido imposible detenerse.