Rojo y negro
Rojo y negro Julien recobraba el resuello un momento a la sombra de esas rocas de gran tamaño y, luego, seguía subiendo. No tardó, por un sendero estrecho apenas trazado y que solo usan los pastores de cabras, en verse de pie encima de un roca enorme y con absoluta seguridad de hallarse separado del resto de los hombres. Esta posición física lo hizo sonreír; le pintaba la posición que ardía en deseos de alcanzar en lo espiritual. El aire puro de las altas montañas le aportó serenidad e incluso alegría al alma. El alcalde de Verrières seguía siendo, desde su punto de vista, el representante de todos los ricos y de todos los insolentes de la tierra; pero Julien notaba que en el odio que acababa de inmutarlo, pese a la violencia de sus arranques, no había nada personal. Si hubiera dejado de ver al señor de Rênal, se habría olvidado de él en el plazo de ocho días, de su castillo, de sus hijos y de toda su familia. «Lo he obligado, no sé cómo, al mayor de los sacrificios. ¡Cómo! ¡Más de cincuenta escudos anuales! Acababa de librarme, un momento antes, del mayor de los peligros. He aquí dos victorias en un solo día; la segunda no tiene mérito; habría que averiguar el cómo. Pero dejemos para mañana las indagaciones penosas.»