Rojo y negro

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El señor de Rênal hablaba airadamente de política: ya estaba claro que dos o tres industriales de Verrières se estaban haciendo más ricos que él y querían oponerse a él en las elecciones. La señora Derville lo escuchaba. Julien, a quien irritaban sus palabras, acercó la silla a la de la señora de Rênal. La oscuridad ocultaba todos los movimientos. Se atrevió a poner la mano muy cerca del bonito brazo que el vestido dejaba al aire. Lo invadió la turbación y perdió el control de sus pensamientos: acercó la mejilla a aquel brazo tan lindo y se atrevió a poner en él los labios.

La señora de Rênal se estremeció. Su marido estaba a cuatro pasos; se apresuró a darle la mano a Julien y, al tiempo, lo apartó un poco. Al seguir insultando el señor de Rênal a los pelagatos y los jacobinos que se hacen ricos, Julien cubrió aquella mano otorgada de besos apasionados o que, al menos, así lo parecían a la señora de Rênal. ¡No obstante, la pobre mujer había tenido la prueba en aquel día fatal de que el hombre al que adoraba tenía otro amor! Durante toda la ausencia de Julien se había adueñado de ella una fortísima pena que la había hecho reflexionar.




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