Rojo y negro

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«¡Cómo! ¡Así que estoy enamorada! —se decía—. ¡Siento amor! Yo, una mujer casada, estoy enamorada. Pero —seguía diciendo— nunca he sentido por mi marido este misterioso trastorno que me impide apartar el pensamiento de Julien. ¡En el fondo no es sino un niño lleno de respeto por mí! Esta locura será pasajera. ¿Qué pueden importarle a mi marido los sentimientos que pueda tener yo por este joven? Al señor de Rênal lo aburrirían las conversaciones que tengo con Julien acerca de cosas de la imaginación. Él piensa en sus negocios. No le quito nada para dárselo a Julien.»

Ninguna hipocresía alteraba la pureza de esa alma ingenua a la que extraviaba una pasión que nunca había sentido. Se engañaba sin saberlo y, sin embargo, un instinto virtuoso se alarmaba. Esos eran los combates que la tenían intranquila cuando se presentó Julien en el jardín. Lo oyó hablar; casi en el mismo instante lo vio sentarse a su lado. Fue como si le arrebatase el alma un rapto ante aquella felicidad deliciosa que llevaba quince días asombrándola aún más que seduciéndola. Todo le resultaba imprevisto. Sin embargo, tras unos momentos se dijo: «¿Basta, pues, con la presencia de Julien para borrar cuanto haya hecho mal?». Se asustó; y entonces fue cuando le negó la mano.


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