Rojo y negro
Rojo y negro Los besos rebosantes de pasión, tales que nunca había recibido otros así, le hicieron olvidar de pronto que quizá quería a otra mujer. No tardó en dejar de hallarlo culpable. Que cesara el dolor acerbo, hijo de la sospecha, y apareciera una felicidad con que nunca había ni tan siquiera soñado trajo consigo arranques de amor y de alegría desquiciada. Aquella velada les resultó encantadora a todos menos al alcalde de Verrières, quien no podía echar al olvido a aquellos industriales enriquecidos. Julien no se acordaba ya ni de su negra ambición ni de esos proyectos suyos tan difíciles de llevar a cabo. Por primera vez en la vida lo arrastraba el poder de la belleza. Perdido en una ensoñación dulce e inconcreta, tan ajena a su forma de ser, oprimiendo con suavidad esa mano que le gustaba por parecerle tan perfectamente bonita, escuchaba a medias las hojas del tilo, que se movían al agitarlas el leve viento nocturno, y los perros del molino del Doubs que ladraban en lontananza.
Pero aquella emoción era un placer, no una pasión. Al volver a su habitación, no pensó sino en una dicha, la de reanudar la lectura de su libro favorito; a los veinte años, pensar en el mundo y en el efecto que hay que causar en él prevalece sobre todo lo demás.