Rojo y negro

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No obstante, no tardó en dar de lado el libro. A fuerza de pensar en las victorias de Napoleón, había vislumbrado algo nuevo en la suya. «Sí, he ganado una batalla —se dijo—; pero tengo que sacarle partido; hay que aplastar el orgullo de ese noble tan altanero mientras se esté batiendo en retirada. Eso es tal cual lo propio de Napoleón. Tengo que pedirle una licencia de tres días para ir a ver a mi amigo Fouqué. Si me la niega, vuelvo a ponerlo entre la espada y la pared; pero cederá.»

La señora de Rênal no pudo pegar ojo. Le parecía que hasta ahora no había vivido. No podía apartar el pensamiento de la felicidad de notar cómo le cubría Julien la mano de besos inflamados.

De pronto, la espantosa palabra «adulterio» se le vino a las mientes. Toda la repugnancia con que la crápula más vil puede impregnar la idea del amor de los sentidos se le presentó como una tromba a la imaginación. Aquellas ideas pretendían el intento de empañar la imagen tierna y divina que se hacía de Julien y de la dicha de amarlo. El porvenir se pintaba con colores terribles. Se veía como una mujer despreciable.



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