Rojo y negro
Rojo y negro Aquel momento fue espantoso; se adentraba su alma en comarcas desconocidas. La víspera había disfrutado de una felicidad nunca sentida; ahora se veía de pronto sumida en una desgracia atroz. No sabía que existieran padecimientos tales, le trastocaron la razón. Pensó por un momento en confesarle a su marido que temía estar enamorada de Julien. Habría sido una forma de hablar de él. Afortunadamente se topó con el recuerdo de un precepto que le había dado tiempo atrás su tía, la víspera de su boda. Se refería al peligro de hacerle confidencias a un marido, que, en última instancia, es un amo. Se retorcía las manos entregada a aquella enajenación de dolor.
La arrastraban, al azar, imágenes contradictorias y dolorosas. Ora temía que no la amase; ora la atormentaba la espantosa idea del crimen, como si a la mañana siguiente la fueran a poner en la picota en la plaza del Ayuntamiento de Verrières, con un letrero que refiriese su adulterio al populacho.
La señora de Rênal no tenía experiencia alguna de la vida; incluso despierta del todo y con pleno dominio de su razón no habría advertido ningún intervalo entre ser culpable ante Dios y que la abrumasen en público las manifestaciones más escandalosas del desprecio generalizado.