Rojo y negro
Rojo y negro Cuando la espantosa idea de adulterio y de toda la ignominia que, según ella, este crimen acarrea le concedía alguna tregua y daba en pensar en la dulzura de vivir con Julien inocentemente, tal y como habían hecho en el pasado, iba a caer en la idea horrible de que Julien quería a otra mujer. Veía aún su palidez cuando temió perder su retrato o comprometerla si lo veía alguien. Por primera vez había sorprendido el temor en aquella fisonomía tan serena y tan noble. Nunca había manifestado una emoción así en lo referido a ella o a sus hijos. Con aquel otro dolor que llegaba por añadidura alcanzó toda la intensidad de desdicha que puede soportar un alma humana. Sin darse cuenta, la señora de Rênal dio unos gritos que despertaron a su doncella. De repente vio aparecer junto a su cama la claridad de una luz y reconoció a Élisa.
—¿Es a usted a quien quiere? —exclamó, descarriada.
La doncella, pasmada ante la espantosa alteración en que hallaba a su señora, no se fijó, afortunadamente, en tan singular frase. La señora de Rênal se percató de su imprudencia:
—Tengo fiebre —le dijo— y me parece que deliro un poco; quédese conmigo.