Rojo y negro
Rojo y negro Llegó por fin a la cima de la alta montaña junto a la que había que pasar para llegar, por ese atajo, al valle solitario donde vivía Fouqué, su amigo, el joven comerciante en madera. Julien no sentía apremio por verlo, ni a él ni ser humano alguno. Oculto como un ave de presa entre las rocas peladas que coronan la elevada montaña, habría podido divisar desde lejos a cualquier hombre que se le hubiera acercado. Descubrió una cueva pequeña a media altura en la pendiente, casi vertical, de una de las rocas. Apretó el paso y no tardó en acomodarse en ese retiro. «Aquí —se dijo, con los ojos brillándole de alegría— los hombres no podrán hacerme daño.» Se le ocurrió entregarse al placer de escribir sus pensamientos, tan peligrosos para él en cualquier otro lugar. Una piedra cuadrada le hacía las veces de pupitre. La pluma volaba: no veía nada de cuanto lo rodeaba. Se fijó por fin en que el sol se estaba poniendo por detrás de las montañas lejanas de Beaujolais.