Rojo y negro

Rojo y negro

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«¿Por qué no pasar la noche aquí? —se dijo—. Tengo pan y ¡soy libre!» Con el sonido de esta palabra tan grande se le exaltó el alma; por culpa de su hipocresía no era libre ni siquiera en casa de Fouqué. Con la cabeza apoyada en ambas manos, Julien se quedó en aquella cueva, más feliz de lo que lo había sido en toda su vida, presa de la agitación de sus ensueños y de su dicha por ser libre. Sin fijarse, vio cómo se apagaban uno tras otros todos los rayos del crepúsculo. En medio de esa oscuridad inmensa, se le extraviaba el alma en la contemplación de lo que se imaginaba que iba a encontrarse un día en París. De entrada, una mujer mucho más hermosa y con un talento mucho mayor que todo cuanto había podido ver en provincias. La amaba apasionadamente, y ella lo amaba. Si se separaba de ella por unos momentos era para ir a cubrirse de gloria y merecer que lo amase aún más.

Incluso si le supusiéramos la imaginación de Julien, a un joven criado entre las tristes verdades de la sociedad parisiense lo habría despertado, al llegar a ese punto de la novela, la fría ironía; las grandes acciones se habrían esfumado, junto con la esperanza de llegar a llevarlas a cabo, para dejarle el sitio a la bien conocida máxima: quien se separa de su amante, se expone, ¡ay!, a que lo engañe dos o tres veces al día. El joven campesino no veía entre él y las más heroicas acciones sino la falta de oportunidad.


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