Rojo y negro
Rojo y negro Pero una oscuridad profunda había sustituido a la luz del día y aún le quedaban dos leguas para bajar hasta la aldea en que vivía Fouqué. Antes de irse de la cuevecita, Julien encendió una hoguera y quemó con gran cuidado todo cuanto había escrito.
Dejó a su amigo atónito al llamar a su puerta a la una de la madrugada. Se encontró a Fouqué poniendo por escrito sus cuentas. Era un joven de elevada estatura, bastante desgarbado, con rasgos grandes y duros, una nariz interminable y mucha campechanería oculta tras aquel aspecto ingrato.
—¿Es que te has peleado con el señor de Rênal ese y por eso te me presentas aquí así, de improviso?
Julien le refirió, pero como era debido, los sucesos de la víspera.