Rojo y negro

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—Quédate conmigo —le dijo Fouqué—; ya veo que conoces al señor de Rênal, al señor Valenod, al subprefecto Maugiron, al padre Chélan; les has pescado las sutilezas del carácter a esas personas; ya estás en condiciones de presentarte en las subastas. Sabes más que yo de aritmética y podrás llevarme las cuentas. Gano mucho en este negocio. La imposibilidad de hacerlo todo personalmente y el temor a toparme con un pillo si cojo un socio me impiden a diario meterme en operaciones estupendas. No hace ni un mes que le hice ganar seis mil francos a Michaud de Saint-Amand, a quien llevaba seis años sin ver y con quien me encontré por casualidad en la venta de Pontarlier. ¿Por qué no ibas a haberte ganado tú esos seis mil francos o, por lo menos, tres mil? Porque, si ese día hubieses estado conmigo, habría pujado yo por esa tala y todo el mundo me la habría dejado enseguida. Hazte socio mío.

Este ofrecimiento contrarió a Julien; estorbaba su locura. Fouqué se pasó toda la cena, que los dos amigos prepararon con sus propias manos, como héroes de Homero, porque Fouqué vivía solo, enseñándole las cuentas a Julien y le demostró lo ventajoso que era el comercio de la madera. Tenía en el más alto concepto las luces y el carácter de Julien.



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