Rojo y negro
Rojo y negro Cuando al fin estuvo este a solas en su cuartito de madera de abeto, se dijo: «Es cierto, puedo ganar aquí unos cuantos miles de francos y luego volver de forma ventajosa al oficio de militar o al de sacerdote, según lo que esté de moda por entonces en Francia. El modesto peculio que reúna suprimirá todas las dificultades de detalle. Solitario en esta montaña, disiparé algo la espantosa ignorancia que tengo de tantas cosas a que se dedican todos los hombres de los salones. Pero Fouqué renuncia a casarse y me repite que la soledad lo hace sentirse desdichado. Está claro que si se asocia con alguien que no puede aportar fondos al negocio es con la esperanza de conseguir un compañero que no lo deje nunca. ¿Voy a engañar a mi amigo?», se dijo Julien con enfado. Aquel ser cuyos medios ordinarios de salvación eran la hipocresía y la carencia de toda simpatía no pudo soportar en esta ocasión la idea de la mínima falta de delicadeza con un hombre a quien quería.